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Delibes y la naturaleza

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Fundación Miguel Delibes / Delibes y la naturaleza

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Habréis observado que los pájaros, bestezuelas por las que siento una especial predilección, se erigen a menudo en personajes de mis libros. Diario de un cazador está lleno de perdices, codornices, patos, tórtolas y palomas. Viejas historias de Castilla la Vieja, de avutardas, grajos y abejarucos. El gran duque es pieza esencial de El camino como la picaza lo es de La hoja roja. Las águilas, los cernícalos y los camachuelos forman el entorno del pequeño Nini en Las ratas… Finalmente, en mis dos últimas novelas, El disputado voto del señor Cayo y Los santos inocentes, intervienen también tres pájaros que juegan papeles fundamentales: el cuco y las grajillas en la primera, y éstas y el cárabo en la segunda. De los tres me he servido para componer el libro que ahora tenéis entre manos, no un libro de cuentos ni de historias inventadas, sino un libro de historias auténticas, vividas por mí y de las cuales son aquellos pájaros verdaderos protagonistas. Espero que su lectura no os deje indiferentes, antes bien sirva para acrecentar vuestro amor y vuestro interés por la Naturaleza.

Miguel Delibes: “A mis lectores”, en Tres pájaros de cuenta. Valladolid, Miñón, 1982, pp. 4-5.


El hombre, nos guste o no, tiene sus raíces en la Naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia. […] Desde mi atalaya castellana, o sea, desde mi personal experiencia, es esta problemática la que he tratado de reflejar en mis libros. Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble.

Y la destrucción de la Naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste. Al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje despersonalizado e insignificante.

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En el primero de estos aspectos, ¿cuántos son los vocablos relacionados con la Naturaleza, que, ahora mismo, ya han caído en desuso y que, dentro de muy pocos años, no significarán nada para nadie y se transformarán en puras palabras enterradas en los diccionarios e ininteligibles para el Homo tecnologicus? Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como por ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos. Creo que el mero hecho de que nuestro diccionario omita muchos nombres de pájaros y plantas de uso común entre el pueblo es suficientemente expresivo de este aspecto.

Miguel Delibes: S.O.S. El sentido del progreso en mi obra. Barcelona, Destino, 1976, pp. 76-77.


El campesino suele emplear voces femeninas, más tiernas y maternales, para designar árboles y pájaros que en los diccionarios y en el vocabulario capitalino son resueltamente masculinos: torda por tordo, nogala por nogal, rendaja por arrendajo, olma por olmo, etc. Esta compenetración hombre-animal, hombre-vegetal, se hace patente en toda mi obra, llena de perdices, liebres, zorros, perros, ratas, camachuelos, jilgueros, gallos, palomas, urracas, truchas, y, también, de árboles y arbustos, de manera que bastaría abrir cualquiera de mis libros, incluso los de ambiente urbano, para demostrar cuanto antecede.

Miguel Delibes: “Humanización de los animales”, en Castilla, lo castellano y los castellanos. Madrid, Espasa Calpe, 1995, p. 108.


Leer a Delibes va más allá de las referencias literarias, aunque sea literatura lo que nos brinda. Lo que pasa es que el novelista, como si le acompañásemos en sus rutas de cazador o por los alrededores de Sedano, en Burgos, nos invita a detenernos en un matorral, una nava o un cerro, una quebrada erosionada, una perdiz que arranca al vuelo, un conejo que huye o un viejo que solitario dormita al sol de membrillo, vacío su pensamiento y acaso sin recuerdos. El paisaje está vivo y en él late la pasión de supervivencia fustigando el mosconeo de la calima o protegiéndose del viento sur o de los fríos norteños que a veces se filtrarán y nos dejan de un aire que suele ser señal de malos presagios. La tierra tiene vida y sólo necesita ojos para que ausculten sus latidos y esto es lo que brindan los libros del escritor vallisoletano.

Miguel Delibes paseando con sus perros, Grin y Cóquer. Sedano (Burgos).

Miguel Delibes paseando con sus perros, Grin y Cóquer. Sedano (Burgos).

Emilio Salcedo: Miguel Delibes. Valladolid, Junta de Castilla y León, 1986, p. 60.


Después del espectacular cambio cultural de este último cuarto de siglo, Delibes aparece como un adelantado. “Yo, en cierto modo y sin saberlo, venía a ser un precursor que intuía el riesgo. Cuando escribí mi obra El camino, en 1950, un crítico observó que yo era un reaccionario porque su protagonista amaba la aldea y se resistía a insertarse en el caos de la gran ciudad. Cuarenta años después, en un acto público, el Ministro de Cultura me presentó al auditorio como el primer ecologista, el primer “verde” español, precisamente por ese libro. ¿Qué había sucedido en el mundo en tan sólo cuatro décadas para que se produjeran dos juicios tan dispares sobre un mismo escritor? A nivel español, el desmoronamiento de la comunidad rural, el éxodo de los pueblos; a nivel universal, el deterioro progresivo del medio ambiente”.

Miguel Delibes en César Alonso de los Ríos: Introducción a Conversaciones con Miguel Delibes. Barcelona, Destino, 1993, p. 16.


A la hora de decidir el tema de su primera disertación en la Academia que hoy le acoge, Delibes ha preferido lo que he llamado la tercera tendencia de su obra, la preocupación social, la angustia ante los peligros que amenazan a la Naturaleza y a la espontaneidad de la vida en ella. Delibes reflexiona sobre el hecho de que casi todos sus escritos se han preocupado por el progreso; lo ha deseado y lo ha temido; sobre todo no ha estado seguro de que sea progreso todo lo que se llama así, o de que forzosamente ha de ir acompañado de la destrucción de tantas cosas valiosas. Esta preocupación, nacida de su amor a la Naturaleza y a las formas sencillas de la vida, es nobilísima y la comparto plenamente.

Miguel Delibes y el académico Julián Marías. Real Academia Española, 25 de mayo de 1975.

Miguel Delibes y el académico Julián Marías. Real Academia Española, 25 de mayo de 1975.

Julián Marías: “Contestación” al discurso de Miguel Delibes en el acto de su recepción en la Real Academia Española. Valladolid, Miñón, 1975, pp. 75-76.


No es raro que Miguel Delibes dedicara en su día su ingreso en la Real Academia de la Lengua, en el que tuve la suerte de estar presente, a estos temas, que él trató con afecto y sencillez y que no dudó en clausurar radicalmente con aquel tema de una vieja canción de la época: “Si el mundo no cambia, si el mundo no se respeta, que se pare, que yo me bajo de él”. Era una muy sencilla, pero radical fórmula, de decir cuánto había supuesto para él a lo largo de su vida el amor a la naturaleza y el debido respeto a la misma. El escritor podía haber elegido otros temas más específicos, como el de su propia narrativa, pero prefirió detenerse en los problemas medioambientales, entonces no tan acuciantes como lo son hoy.

Con aquel mensaje, la obra de Delibes se estaba universalizando, pues todos sabíamos que él ya no se refería de manera concreta a los espacios naturales de su tierra, sino a los de todo el planeta. En este sentido, hoy vemos que este autor castellano fue un gran adelantado en su tiempo en la visión de estos problemas que hoy –acaso demasiado tarde– todos los partidos políticos llevan ya en sus programas electorales.

Antonio Colinas: “Los libros del corazón, los libros de la vida”, en Luces, trazos y palabras. Homenaje artístico-literario a Miguel Delibes. Universidad de Valladolid-Cátedra Miguel Delibes, 2007, p. 28.


El 25 de mayo de 1975 pronunció Delibes su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española. Yo estuve entre ese “alto auditorio” (tal como lo llamó Delibes) y todavía recuerdo la sorpresa que se apoderó de mí al oír sus palabras. Eran aquellos, desde luego, tiempos difíciles.

El asesinato de Carrero Blanco había precipitado los acontecimientos y había desencadenado en España la dialéctica del terror en que los golpes de ETA y otros grupos revolucionarios eran inmediatamente contestados por la extrema derecha y por una durísima represión policial.

Yo no sé lo que esperaba cuando Delibes comenzó a pronunciar su discurso. Me imagino que esperaba que Delibes se evadiera de todo ello hablando de la naturaleza en su obra, en espera de tiempos mejores. Pero pronto me di cuenta de que su discurso nada tenía de evasivo, de que nos estaba alertando sobre una crisis mucho más grave que la que entonces vivíamos los españoles. Los españoles que nos hallábamos recogidos en los salones de la Academia estábamos, en aquellos momentos, preocupados por el destino de España. Pero Delibes nos hablaba del destino de la humanidad, como si nuestra zozobra por los acontecimientos que estaban ocurriendo en nuestro país fuera un tema insignificante frente a la catástrofe que se cernía sobre la raza humana.

En su discurso de ingreso en la Real Academia, Delibes se hizo eco de los informes del Club de Roma. Se trataba de las primeras reuniones de científicos de todo el mundo para hacer frente a lo que hoy en día llamamos “cambio climático”, el cambio del clima producido por la acción del hombre en la biosfera terrestre. Contaba Delibes con un excelente asesor, su propio hijo Miguel Delibes de Castro, reconocido biólogo que se iba a convertir en su maestro en esta etapa que comenzó con este discurso y concluyó en el año 2007 con La tierra herida.

Ramón Buckley: Miguel Delibes. Una conciencia para el nuevo siglo. Barcelona, Destino, 2012, pp. 205-206.


Hace casi treinta años, con ocasión de mi ingreso en la Real Academia de la Lengua, aproveché el auditorio más intelectual y cultivado que de costumbre para dar salida a mi angustia sobre el futuro de la Tierra. El discurso que pronuncié entonces dio lugar a un libro titulado S.O.S. primero y Un mundo que agoniza después. Aunque ha pasado mucho tiempo, aquella preocupación mía por el medio ambiente no ha disminuido, sino al contrario. Cualquiera que en los últimos lustros haya estado al tanto de mis declaraciones públicas, o leído mis crónicas de caza y pesca, puede atestiguarlo. El abuso del hombre sobre la naturaleza no sólo persiste, sino que se ha exacerbado: agotamiento de recursos, contaminación, escasez de agua dulce, desaparición de especies… Además, nuevos nubarrones, que en los años setenta aún no percibíamos, han aparecido, amenazadores, en el horizonte, especialmente dos: el adelgazamiento de la capa de ozono y el cambio climático.

Respecto al clima debo decir que, quizás por castellano y hombre de campo, siempre me ha interesado especialmente. Gran parte de mi vida ha transcurrido al aire libre, entre labradores que fiaban su futuro a las veleidades del cielo; hombres y mujeres que dependían para subsistir antes de los caprichos de la sequía, el pedrisco o la helada negra, que del propio esfuerzo. ¿Qué sería de ellos, y de quienes necesitábamos su trabajo, si el clima cambiara? ¿Y cómo se manifestaría ese cambio? Con frecuencia había leído vaguedades sobre el calentamiento de la Tierra, pero tras el verano de 2003 (un infierno de cinco meses), julio de 2004 me sorprendió en Sedano, un pueblecito del norte de Burgos, con temperaturas durante las madrugadas de dos y tres grados en los páramos y máximas de 25°C a lo largo del día. “Esto no es lo convenido”, me decía a mí mismo. Yo no había olvidado el bochorno sostenido del verano anterior, los casi cincuenta grados del sur del país. En aquel momento me pareció indudable que el cambio de clima había dejado de ser una conjetura para convertirse en una evidencia. Es decir, que ya no era momento de teorizar sobre la amenaza, puesto que la amenaza se había hecho realidad. Pero entonces, ¿qué significaba aquella friura del amanecer un año más tarde? ¿Tal vez mis temores estaban infundados? Si las razones que justificaban el cambio climático no se habían alterado en doce meses, ¿por qué este sube y baja de los termómetros?

En aquellas circunstancias, aproveché una visita de mi hijo Miguel, unos meses después de haber sido galardonado por el Rey con el Premio Jaume I El Conqueridor por sus desvelos ambientales, para hacerle ver mi perplejidad. Dejé caer una serie de preguntas relacionadas entre sí en un tono intrascendente, que seguramente traslucía, sin embargo, mi honda preocupación. Sus respuestas, empero, fueron tan incitantes y prolijas que en poco más de veinte minutos nos habíamos enredado en una conversación, para mí reveladora y apasionante, sobre el futuro de la Tierra. Al final de aquella mañana ya había convencido a Miguel para extender nuestra charla y tratar, además, de darle publicidad, pues me parecía obligado que los habitantes del Planeta conocieran la opinión de los científicos sobre la situación por la que éste atraviesa. ¿Qué puede decirle un estudioso de la naturaleza a un ciudadano, como soy yo, ignorante pero preocupado? ¿Los argumentos de los expertos son tranquilizadores o, por el contrario, suficientes para aumentar nuestra preocupación? Y había algo más: si los problemas son reales, ¿por qué no se les pone remedio?

Miguel Delibes: Prólogo a Miguel Delibes y Miguel Delibes de Castro, La tierra herida. Barcelona, Destino, 2005, pp. 7-9.


La preocupación de Delibes por la naturaleza no es separable de su inquietud por la situación concreta de la tierra en que nace y vive, en cuyo paisaje sitúa la mayor parte de sus libros y que se convierte en motivo particular de un par de ellos: […] Viejas historias de Castilla la Vieja […] y Castilla habla, en la que protagonistas del cotidiano existir castellano toman la palabra para expresar sin circunloquios una decadencia al parecer imparable.

Ficción o realidad […], invención o documento, en todas las obras mencionadas [S.O.S., Vivir al día, Mi vida al aire libre, Pegar la hebra] y en otras que podrían añadirse consta el fervor delibesiano por la naturaleza, tan intenso que eleva la comunión del hombre con ella al más alto ideal del existir. Ese amoroso respeto no es sólo resultado de una convicción moral o de un planteamiento discursivo sino, muy antes, consecuencia de un contacto directo con la tierra, de una intensa experiencia de la geografía castellana; en suma, de un gusto por la vida al aire libre, por la práctica del deporte por “un hombre sedentario“, según paradójicamente se ha calificado a sí mismo Delibes. Una afición, glosada en Mi vida al aire libre, a diversos deportes, fútbol, bicicleta, natación, marcha… y, entre todos, a uno por excelencia, la caza, y, en tiempo de veda de ésta, la pesca.

Santos Sanz Villanueva: “Memorias de un cazador”, en El último Delibes y otras notas de lectura. Valladolid, Ámbito, 2001, pp. 62-63.

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