CONTACTO ENLACE A FACEBOOK

Miguel Delibes / Conozca más a Delibes


Esta extraña mezcla de profesor y campesino, entre refinado y natural, cuya reposada voz puede explotar en una risotada, comunicativo y triste, vestido con cazadora, pantalón de pana y botas, enemigo del televisor y de las tertulias, es en los tiempos que corren una especie de guerrillero, un resistente. Es, indudablemente, un tipo inactual.

Miguel Delibes

[...] Es, en cierto modo, un outsider, un francotirador con un pie en su clase mientras la vapulea con el otro. A algunos les hubiera gustado que lo hiciera con los dos. Ligado a la burguesía vallisoletana por lazos familiares, profesor de Comercio, periodista, director y consejero de El Norte de Castilla, padre de siete hijos, fiel como un perro a su mujer, su ruptura no es aparatosa ni definitiva. Es un cazador de caza menor. Sus safaris duran un día. Por la noche le gusta tener metidos los pies en las zapatillas y poder leer al calor de la mesa camilla, en su casa del Paseo de Zorrilla. Ama lo rutinario. Siempre duerme en el mismo hotel cuando viaja a una ciudad y, a ser posible, en la misma cama. Dice que en él la fidelidad no tiene ningún valor. Pero todo esto con angustia. Encajado en su ciudad, en su familia, entre sus amigos, en el periódico, es íntimamente un desplazado. El mundo que abarca es, en sentido horizontal, la ciudad media de provincias y ese mundo exótico que comienza donde terminan las carreteras nacionales. En sentido vertical, es la clase media y campesina. Describe el drama cotidiano de la ciudad de provincias y el mundo arqueológico de los medios rurales.

César Alonso de los Ríos: Conversaciones con Miguel Delibes. Madrid, Magisterio Español, 1971, pp. 16-18.

Subir

Delibes es un castellano que ejerce de ello. Que alterna Valladolid con Sedano. Sedano es un precioso pueblo de Burgos que le tiene encandilado. Allí se construyó un refugio, en 1959, y allí pasa sus buenos ratos. Aunque siga teniendo casa en Valladolid y aunque continúe dejándose caer con más o menos frecuencia por la sede de El Norte de Castilla, el periódico donde transcurrió gran parte de la existencia laboral de Miguel Delibes.

Pero es en Sedano donde realmente vive, escribe y disfruta de verdad este hombre más bien alto, enjuto, de frente amplia, nariz recta, ojos curiosos, aunque miopes, y cuerpo todavía bastante ágil. Es en Sedano donde más a gusto se levanta para ir a liebres, donde salta de alegría tras la emoción de pescar con cucharilla una trucha de a kilo, donde pasea larga y sosegadamente entre los árboles o a lo largo del río, donde le encanta observar las carreras y regates del perro, donde contempla los nidos y vigila a las torcaces… Donde disfruta a fondo de la charla con sus hijos (tiene siete, fruto de su matrimonio con Ángeles de Castro, de la que ahora es viudo) y de los juegos con sus nietos (tiene seis y le visitan a menudo). Sedano le parece el sitio ideal para seguir enamorándose de la Naturaleza. Allí es donde Delibes se siente más Delibes.

Miguel Delibes con su perro Grin en Sedano

Miguel Delibes con su perro Grin en Sedano, años 80.

Da la impresión de que le encanta cultivar imagen de hombre triste, de que va de pesimista por la vida. Pero, del mismo modo que en sus obras, aunque estén dominadas por el drama o la tragedia, siempre asoma la oreja de la ironía, en las relaciones humanas de Delibes salta oportunamente, en seguida, la chispa de la jovialidad, de la socarronería y el buen humor. Es hombre que rezuma calidad humana, persona de enorme simpatía y conversación amena. A flor de labios tiene siempre la respuesta más sensata de entre todas las posibles. De carácter tranquilo, casi nunca titubea a la hora de emitir una opinión. Escribe sus obras a mano, con la misma calma juiciosa con que habla. Que todas las cosas requieren su tiempo.

Toda obra, para estar bien hecha, necesita cierto sentido del equilibrio. Las de Delibes lo tienen. Son obras cabales, como su autor. Afortunadamente.

Manuel Bartolomé: "Miguel Delibes", en Miguel Delibes, Los santos inocentes. [Barcelona], Círculo de Lectores, 1985, pp. 180-182.

Subir

Miguel es un primitivo rusoniano de Castilla que amaba a los pájaros y los fines de semana, abierta la veda, se los cargaba a tiros. Boina, botas, una bici por el Campo Grande, un pitillo de caldo, una cazadora gastada que le valió, junto con André Malraux, el título de hombre más elegante de Europa, una abierta sonrisa, una cierta melancolía, el touch of class del pesimista. A los diez años, en el colegio de La Salle, el profesor de psicología supo tomarle el pulso: "Tiene la mirada lánguida y un poco tristona, y es Miguel, sin embargo, el más alegre y juguetón del grupo". Miguel, triste y jovial. Cantaba "La otra tarde bailando estaba con Lola" mientras perseguía a la perdiz roja. Dice que es un cazador que escribe, no un escritor que caza. Odia los aviones, los ascensores y busca los espacios abiertos de esa Castilla que Unamuno llamó "dermoesquelética". De no ser por Castilla, este hombre, descendiente del compositor francés Leo Delibes, sensible y apartadizo, hubiera sido muy feliz en el Lejano Oeste sin llegar a derribar sioux o búfalos, pero quizá algún pato silvestre porque la afición de Miguel a la caza está refrendada por un "piadoso franciscanismo". Miguel es franciscano generoso, amigo de lo justo, adversario de la teatralidad y el fingimiento, un poco atormentado. Desde que murió Ángeles se ve obligado a tomar píldoras tranquilizantes para dormir. Pero hay algo que también le desazona: el mundo no es como le gustaría que fuese.

Manuel Leguineche: "Fuego y humo", El Urogallo, 73 (junio 1992), p. 51.

2004. Miguel Delibes paseando por el Parque del Campo Grande, Valladolid

El escritor paseando por el Parque del Campo Grande, Valladolid, 2004.

De Miguel Delibes siempre me ha impresionado su coherencia. Es un hombre que, como pocos, piensa lo que dice, dice lo que piensa y hace lo que piensa y dice.

Antonio Giménez-Rico, en Antonio Corral Castanedo: Retrato de Miguel Delibes. Barcelona, Círculo de Lectores, 1995, p. 97.

Miguel Delibes, años 60

Miguel Delibes, años 60.

En nuestros tiempos, un escritor que cree en Dios es una excepción, y sin duda Delibes es cristiano. Su fe en Dios se manifiesta en el respeto por todas las formas de vida y los diferentes valores, y es evidente en el estilo literario que emplea, que permite que el personaje tenga su independencia intelectual y lingüística.

La vida misma de Delibes es un ejemplo de estabilidad y, al mismo tiempo, de unas creencias muy hondas en el hombre, que le permiten vivir dentro de la sociedad española, y del "sistema", sin perder su dignidad de hombre "comprometido". Su vida nos parece un ejemplo de cómo puede vivir un hombre auténtico en un momento histórico difícil.

Edgar Pauk: Miguel Delibes: desarrollo de un escritor (1947-1974). Madrid, Gredos, 1975, p. 20.

Subir

En el asombro real de Miguel Delibes ante el éxito de sus libros, en esta falta total de vanidad, casi están para mí las claves del escritor. Todo él puro, real, clavado en su tierra, tocado de humanismo verdadero… Yo espero que Miguel Delibes escriba todavía muchos libros. Maravillosos, melancólicos libros sobre los hombres y la tierra castellana; libros de denuncia; de amor a la triste condición humana; de niños, liebres y perdices; de ingenua ironía sobre algún corazón palpitante. Y el lector dirá una y otra vez: "Éste es el mejor libro de Miguel Delibes". Lo que ha dicho siempre. Tanta es la fuerza del escritor rozado por el ala suave del genio.

Josep Vergés, editor de Miguel Delibes, en Antonio Corral Castanedo: Retrato de Miguel Delibes. Barcelona, Círculo de Lectores, 1995, p. 95.

Miguel Delibes y Josep Vergés, 1985.

Miguel Delibes y Josep Vergés, 1985.

Se ha tildado de idílica a su novela, sin pensar que encierra más dolor y tristeza que otra cosa, que la muerte está presente en ella, desde la primera, La sombra del ciprés es alargada, esmaltada entre dos muertes claves, y la última, Señora de rojo sobre fondo gris, en la que toda retórica enmudece, o en las guerras que describe, antepasadas y presentes, o en los silencios de una Castilla que siempre habla aunque parezca muda. Este clásico implacable nos ha enseñado que no hay idilios posibles sin injusticias y dolor terribles. […]

Su nombre y su obra nos permiten conocernos mejor, nos perforan e iluminan, y sin ellos seríamos quizá más pobres, más inermes, más obtusos y menos hombres. De ahí nuestra gratitud por su rigor sencillo, por su caballerosidad, por su elegancia interior, por su discreción y por su asombrosa dignidad, que nos hace más dignos a todos.

Rafael Conte: "Miguel Delibes o el rigor", El Urogallo, 73 (junio 1992),
p. 45.

Me piden con rigurosa urgencia que escriba "algo" sobre Miguel Delibes, celebrando así el que se le haya otorgado el premio Cervantes. Difícil siempre acertar con la palabra justa, precisa, cuando un premio de esta importancia recae sobre un escritor que tanto se lo merece [...]. La honradez literaria de Miguel Delibes corre paralela a la de su entrañable personalidad, tan conocida por todos aquellos que lo han tratado alguna vez. Su discreción, su sincera humildad, su tesón en el trabajo, su grandeza humana, tienen obligadamente que reflejarse en su quehacer narrativo como ha quedado demostrado en su admirable obra.

En la pluma de Delibes el idioma adquiere una nueva dimensión en ese impecable castellano de su tierra vallisoletana utilizado con difícil naturalidad, con esa elegancia y esmero que caracteriza a sus escritos.

Creo que don Antonio Machado escribió el mayor elogio que a este hombre excepcionalmente íntegro, sensible y pausado se le podría hacer, porque es, por encima de cualquier vano elogio, "en el buen sentido de la palabra, bueno".

Rafael Alberti: "Tras el Cervantes", en El autor y su obra: Miguel Delibes. Actas de El Escorial. Madrid, Universidad Complutense, 1993, p. 193.

1991. Miguel Delibes, Rosa Chacel y Rafael Alberti. San Lorenzo de El Escorial (Madrid)

Miguel Delibes, Rosa Chacel y Rafael Alberti.
San Lorenzo de El Escorial (Madrid), 1991.

Vaya por delante que admiro a Miguel Delibes desde hace muchos años y que he proclamado esa admiración dentro y fuera de nuestras fronteras. Considero que su obra ofrece un mundo personal autónomo, con un profundo sentido ético, a mi juicio condición indispensable de la buena literatura, y un extraordinario dominio del idioma. Tres requisitos que desde mi punto de vista le convierten en el primer autor clásico de las letras castellanas actuales [...].

Por mi parte, confieso que, si bien no tuve presente de manera consciente a Miguel Delibes, al escribir alguna de mis narraciones en las que sólo hablan mujeres o, mejor, monologan, y en las que quise recrear la lengua popular mallorquina, el ejemplo de Delibes estuvo sin duda detrás. Me temo que esa deuda contraída con Delibes es de las que difícilmente se pagan, pero sé que es un poco menos gravosa cuando al menos se reconoce en público con agradecimiento.

Y en público también, antes de terminar, quiero darle las gracias a Miguel Delibes por otras cuestiones que sobrepasan los aspectos estilísticos de su obra y que tienen que ver con los presupuestos morales que en ella se defienden. En un mundo cada vez más deteriorado y menos inocente, Delibes se ocupa de la naturaleza a la que ama, no en vano es un ecologista serio y en serio; se ocupa de los niños. Sus figuras infantiles son inolvidables: personajes como el Nini de Las ratas o Daniel, el Mochuelo, nos acompañarán siempre. En un mundo cada vez más degradado en el que el ansia de poder, la necesidad de chupar cámara y también de chupar del bote, claro, parecen ser las principales obsesiones de la gente, incluidos muchos escritores, Miguel Delibes sigue siendo un punto de referencia distinto, un reducto en el que cobijarse con la seguridad de que ni su estilo ni su persona van a defraudarnos nunca.

Carme Riera: "Miguel Delibes, punto de referencia", en Cruzando fronteras. Miguel Delibes entre lo local y lo universal. Valladolid, Cátedra Miguel Delibes, 2010, pp. 225 y 227-228.

Miguel Delibes era uno de esos hombres que dan la sorpresa de ser más altos de lo que uno había imaginado. Era más alto en persona y tenía una cara saludable y jovial, con el lustre rojizo de quien pasa mucho tiempo al aire libre, y en cuanto se empezaba a hablar con él se deshacía el malentendido de esa expresión quejumbrosa de las fotografías. Alto y robusto, más colorado por comparación con la palidez de casi todos los demás, lo vi una vez moverse a grandes zancadas por un salón oficial, con una chaqueta de pana, con una corbata de nudo más bien descuidado, mostrando sin apuro su irritación por uno de tantos chanchullos culturales españoles. Estaba hondamente irritado pero se mantenía tranquilo, con la ecuanimidad del desencanto y del sentido común, porque era un hombre cordial al que no puedo imaginarme arrastrado por la bronca española, por la interjección y el mal modo que entre nosotros se confunden tantas veces con la valentía. A Miguel Delibes los escritores más jóvenes habíamos empezado a no leerlo porque nos parecía demasiado español y demasiado castellano, cuando nosotros aspirábamos tan ansiosamente a ser cosmopolitas, pero lo cierto es que en sus actitudes, en su misma presencia, había algo que lo volvía ajeno al modelo de escritor español al que estamos más acostumbrados. [...]

Miguel Delibes escribiendo en su despacho

A nosotros se nos pasó la costumbre de leerlo porque teníamos la aspiración de convertirnos cuanto antes en novelistas anglosajones, pero lo cierto es que quien más se parecía en sus actitudes a un novelista inglés o americano era Miguel Delibes. Miguel Delibes vivía retirado escribiendo y dando largos paseos por el campo. Era escritor porque escribía libros, no porque interpretara el personaje público de escritor a la manera española, a la manera francesa o latinoamericana. […] Si Delibes hubiera sido propenso a los exabruptos de soberbia quizás le habríamos hecho más caso. Pero por no tener ni siquiera tenía una leyenda [...]. Miguel Delibes vivía en Valladolid como un funcionario y era padre de familia numerosa. La vejez y la enfermedad lo fueron volviendo discretamente invisible.

Antonio Muñoz Molina: "Delibes, a lo lejos", El País, 20. 03. 2010.

Subir