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Delibes, periodista

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Al periodismo nací hace ahora cuarenta años y a través de El Norte de Castilla y de mis colaboraciones esporádicas en diarios y revistas he permanecido vinculado a lo largo de cuatro décadas. En este tiempo aprendí dos cosas fundamentales para mi posterior dedicación a la novela: la valoración humana de los acontecimientos cotidianos –los que la prensa refleja– y la operación de síntesis que exige el periodismo actual para recoger los hechos y el mayor número de circunstancias que los rodean con el menor número de palabras posibles. Con este bagaje periodístico pasé a la narrativa y, a pesar de los años transcurridos, permanezco fiel a aquellos postulados, es decir, mi condición de novelista se apoya y se sostiene en mi condición de reportero. El periodismo ha sido mi escuela de narrador.

Miguel Delibes: Carta-prólogo a Estudios sobre Miguel Delibes. Madrid, Universidad Complutense, 1983, pp. 9-10.


Numerosos artículos […] y media docena de libros de viajes son el más claro ejemplo de esta condición de periodista y reportero. […]

Hay además en algunas de sus novelas un claro aprovechamiento literario de materiales periodísticos. Recuérdense, por ejemplo, las noticias de diarios que se recogen al comienzo de algunos capítulos de Mi idolatrado hijo Sisí o los textos con que don Eloy, en La hoja roja, enseña a leer a la Desi, que son también titulares de periódicos. La esquela con que se abre Cinco horas con Mario es asimismo un texto periodístico y en Diario de un emigrante, cuya génesis hay que buscar en un viaje a Chile realizado por Delibes, hay un aprovechamiento masivo de los materiales utilizados por el reportero que publicó sus crónicas viajeras en El Norte y las reunió posteriormente en lo que fue su primer libro de viajes. Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso es, entre otras cosas, una crónica de la difícil situación de la prensa en España durante la época franquista. Y, fuera del ámbito de la creación, la situación de la prensa en esos años es el tema del ensayo “La censura de prensa en los años cuarenta”.

Amparo Medina-Bocos: “Claves para leer a Miguel Delibes”, Siglo XXI. Literatura y cultura españolas, 3 (diciembre 2005), p. 166.


Miguel Delibes no fue, como tantos otros, un escritor que escribía en los periódicos, sino un verdadero profesional del periodismo. Empezó muy joven en el oficio, con apenas veinte años: al principio, en 1941, como dibujante ocasional en El Norte de Castilla y luego como redactor. Más tarde asumió la subdirección del periódico, el diario más antiguo de España, y por fin la dirección. Quiere esto decir que el Delibes periodista no se constriñe a su producción escrita para la prensa, con ser ésta copiosa y variada. Va mucho más allá: abarca todo el entramado de decisiones complejas que, especialmente cuando ocupó puestos directivos, tuvieron consecuencias en la línea editorial y en la trayectoria empresarial del periódico.

[…] el novelista pertenece a su geografía y a su tiempo, a sus circunstancias. En el caso de Miguel Delibes, el periodismo fue algo más que una circunstancia o un modo de vida. Ciertamente, nunca se dedicó al periodismo en exclusiva. Primero, lo hizo compatible con la preparación de las oposiciones a la cátedra de Derecho Mercantil de la Escuela de Comercio de Valladolid. Luego, cuando las ganó en 1945, con la docencia. Y por fin, a partir del año 1947, y sobre todo desde que recibió el premio Nadal en enero de 1948, con ésta y con la literatura. Las tres facetas profesionales –docencia, periodismo y literatura– se han dado a menudo en la misma persona, pero no, quizá, con el grado de implicación y excelencia que Delibes alcanzó en ellas.

José Francisco Sánchez: Prólogo a Miguel Delibes, Obras Completas, VI. El periodista. El ensayista. Barcelona, Destino-Círculo de Lectores, 2010, pp. XV-XVI.


Delibes se había empeñado en formar un equipo de colaboradores a los que sólo pedía una buena formación cultural y ganas de intervenir en la sociedad. No le preocupaban las posiciones políticas o los posibles compromisos. Delibes y el grupo de colaboradores –Lozano, Umbral, Leguineche, Pastor, Pérez Pellón, Arrizabalaga, Gavilán– y redactores como Félix Antonio González y Campoy, fueron una suerte en aquellos años de asfixia. Él se situaba en la posición de narrador intuitivo y nos colocaba a nosotros en el papel de intelectuales. Lo importante era que nos animaba a decir cosas. Era, justamente, el reverso del régimen.

Para mí Delibes ha sido trascendental. Y no sólo porque me orientó hacia el periodismo, sino porque me enseñó el difícil ejercicio de dudar y de saber reconocer las razones del otro. Un liberalismo radical que nada tiene que ver con el dogmatismo del liberalismo económico y político. Aprendí en él, antes que en Gramsci, que hay que ser pesimistas de inteligencia y optimistas de voluntad. Delibes ha sido para mí una referencia ética. Es mi obligación decir en este momento que cuando fui detenido y procesado en 1962, se entregó de forma total a mi defensa. Aquel zarpazo lo sintió en su carne.

Miguel Delibes con el novelista Luis Berenguer y parte del equipo de redacción de El Norte de Castilla (J. J. Rodero, Jiménez Lozano, Carlos Campoy y Emilio Salcedo).

Miguel Delibes con el novelista Luis Berenguer y parte del equipo de redacción de El Norte de Castilla (J. J. Rodero, Jiménez Lozano, Carlos Campoy y Emilio Salcedo).

César Alonso de los Ríos: “Delibes: periodismo y testimonio”, en Miguel Delibes, Premio Nacional de las Letras Españolas 1991. Madrid, Ministerio de Cultura, 1994, p. 111.


Miguel Delibes era todo él una Facultad de Ciencias de la Información. La única que he conocido y que respeto.

Miguel Delibes con Francisco Umbral y Manuel Leguineche.

Miguel Delibes con Francisco Umbral y Manuel Leguineche.

Francisco Umbral, El País, 7. 05. 1984


A Paco Umbral y a mí y a tantos otros nos vacunó contra la tentación de aplicar la literatura al periodismo. Desde su mesa de director de El Norte de Castilla me inició en los secretos de su vida y su obra, la sencillez, el sentido común, la verdad, la naturalidad porque toda afectación es mala. Lo hizo sin sermonear, a su estilo, sin dar la lata, sin una palabra más alta que otra, con ironía bienintencionada, con la pura sugerencia. Miguel dirigía el periódico como los mejores árbitros de fútbol. No se notaba que dirigía. A su lado recogimos el sonido múltiple de la noticia, la sinfonía coral de los deportes, de la crónica municipal, la referencia de los Consejos de Ministros que siempre llegaban tarde por los teletipos, la crónica local, el pálpito agrario, el latido teológico de Pepe Lozano. Miguel se sacó de la manga una sección, “El caballo de Troya”, que irritaba mucho a don Manuel Fraga. El discurso del ministro secretario general del movimiento debía ir a cuatro columnas. Había que torear las consignas: “Adjunto le remito para su obligada publicación, durante días alternos (sic) nota relativa al Concurso Nacional de Bandas de Música que se celebrará en Murcia”.

Manuel Leguineche: “Fuego y humo”, El Urogallo, 73 (junio 1992), p. 50.


El ejercicio de la dirección del periódico fue un largo vía-crucis para Delibes. Y como tal vía-crucis tuvo varias estaciones: una dirección interina durante dos años y medio; una dirección plena, interrumpida por el nombramiento de un subdirector responsable; otra etapa de dirección en buena medida controlada, la vuelta de nuevo a la dirección y, por fin, el pase al Consejo como delegado de la Redacción.

El análisis pormenorizado de las circunstancias, de estas caídas y recaídas y, sobre todo, de las razones de la burocracia franquista es desazonante, es también humillante, incluso a estas alturas.

Se advierte, por un lado, el forcejeo de Delibes por informar especialmente sobre la situación del campo castellano y de los problemas agrarios; su intento de introducir colaboradores no oficialistas; su repugnancia al seguidismo de las consignas en la página editorial; su empeño por estar a la altura de una sociedad que comienza a querer desembarazarse del corsé autoritario. […]

Por otra parte, en este proceso de años, se va escindiendo la unidad del Consejo de Administración del periódico, entre el tirón de la tradición liberal del periódico y su mercado y las nuevas connivencias con el régimen que se darán sobre todo a partir de la llegada de Fraga. De esta manera, lo que durante muchos años fue un sostén sin fisuras, luego será ambigüedad y, por tanto, fuente de dolorosos problemas personales para Delibes.

César Alonso de los Ríos: “Delibes: periodismo y testimonio”, en Miguel Delibes, Premio Nacional de las Letras Españolas 1991. Madrid, Ministerio de Cultura, 1994, pp. 102-103.


Fueron años aquellos, en efecto, en que había que hacer buena cuenta de sujeto, verbo y predicado, pero también en los que había que aprender a hacer guiños, énfasis y silencios desde el lenguaje en al menos unos cuantos espacios del periódico […].

“El cuarto del dibujante” se llamaba así naturalmente porque, años atrás, realizaban en él su tarea los dibujantes del periódico, y de aquel tiempo quedaban allí una amplia y vieja mesa y una pizarra de corcho, que luego sirvió mitad para cartel de avisos y mitad de escaparate para colgar allí recortes y curiosidades. Al fondo había una especie de armario-librería con una de sus puertas abatible que servía de mesa de buró, y allí fue donde se instaló Delibes después de haber dejado su despacho de director: a esa especie de trinchera de la gramática, como digo. Y todo podía transcurrir como en una novela: el argumento y los personajes que siempre se disputaban la primacía, y luego el cómo decir o cómo no decir, diciendo; o cómo, diciendo, no decir; cómo sugerir sin que pareciera que se estaba sugiriendo, y cómo dar vueltas y vueltas para no aterrizar nunca pero ofreciendo la sensación de que se tomaba tierra o, a veces, cómo dar en diana simplemente, o cómo atrapar el rábano haciendo creer que sólo eran las hojas. Realmente no hay nada tan estúpido como una ley de imprenta –sea cualquiera que sea el nombre que lleve-, pero quizás no hay nada como eso para aprender lo que es el lenguaje, y nadie como un escritor para medirse y enseñar cómo apuntando a un lado se da en otro, y siempre en la realidad.

José Jiménez Lozano: “La habitación del dibujante”, El Urogallo, 73 (junio 1992), p. 48.


No resulta difícil comprobar que, como articulista, Delibes se siente seguro en algunos pocos temas de los que rara vez se aleja […]: Castilla y los castellanos, la literatura -y más específicamente- la novela, la naturaleza -en cuyo ámbito se incluirían sus dos deportes preferidos: la caza y la pesca- y el recuerdo de sus amigos. Es notoria la casi total ausencia de asuntos políticos o ideológicos, con la salvedad de las crónicas que envió desde Checoslovaquia (La primavera de Praga, 1968) para la revista Triunfo […].

Por regla general, Miguel Delibes renuncia, en sus titulares, a los llamados grandes temas: una gran excepción la constituyen, sin embargo, los problemas educativos. Prefiere de ordinario los “pequeños temas”, los asuntos domésticos y, sobre todo, prefiere a los hombres mismos -también cercanos, también cotidianos- como asunto de sus artículos. Porque, como él mismo decía de la novela, “el arte narrativo reside, antes que en la originalidad del tema y su importancia, en el don de ahondar en la trascendencia de lo aparentemente trivial, sirviéndonos para ello de unos personajes humanos y consistentes”.

José Francisco Sánchez: “El periodismo de Miguel Delibes”, en Nuestros premios Cervantes. Miguel Delibes. Universidad de Valladolid-Junta de Castilla y León, 2003, pp. 76-77.

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