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Delibes, narrador

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Entiendo que novelar o fabular es narrar una anécdota, contar una historia. Para ello se manejan una serie de elementos: personajes, tiempo, construcción, enfoque, estilo. A mi ver, con estos elementos se pueden hacer todas las experiencias que nos dé la gana…, todas menos destruirlos, porque entonces destruiríamos la novela. El margen de experimentación es inmenso, pero tiene un límite: que se cuente algo.

Miguel Delibes, en César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes. Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 143.


Yo doy a mis personajes un lugar preponderante entre todos los elementos que se conjugan en una novela. Unos personajes que vivan de verdad relegan, hasta diluir su importancia, la arquitectura novelesca, hacen del estilo un vehículo expositivo cuya existencia apenas se percibe y pueden hacer verosímil el más absurdo de los argumentos.

Miguel Delibes: Un año de mi vida. Barcelona, Destino, 1972, p. 213.


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Yo traslado a mis personajes los problemas y las angustias que me atosigan, o los expongo por sus bocas. En definitiva, uno, si es sincero, se desdobla en ellos.

Miguel Delibes, en César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes. Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 58.


A mi juicio, el novelista auténtico se nutre de la observación y la invención tanto como de sí mismo. El novelista auténtico tiene dentro de sí, no un personaje, sino cientos de personajes. De aquí que lo primero que el novelista debe observar es su propio interior. En este sentido, toda novela, todo protagonista de novela, lleva en sí mucho de la vida del autor. Vivir es un constante determinarse entre diversas alternativas. Mas, ante las cuartillas vírgenes, el novelista debe tener la imaginación suficiente para recular y rehacer su vida conforme otro itinerario que anteriormente desdeñó. Imaginativamente puede, pues, recrearse. Por aquí concluiremos que por encima de la potencia inventiva y del don de observación, debe contar el novelista con la facultad de desdoblamiento: no soy así pero pude ser así. Dar testimonio, en una palabra, no sólo de lo que le ha ocurrido, sino de lo que podría haberle ocurrido en cada caso y cada circunstancia.

Miguel Delibes: Un año de mi vida. Barcelona, Destino, 1972, pp. 92-93.


Para mí la labor más penosa del novelista está antes de la creación, antes de hacer literatura propiamente dicha, o sea, al plantear el tema del libro y buscar la fórmula para resolverlo.

Miguel Delibes, en César Alonso de los Ríos: Conversaciones con Miguel Delibes. Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 132.


Cada novela requiere una técnica y un estilo. No puede narrarse de la misma manera el problema de un pueblo en la agonía (Las ratas), que el problema de un hombre acosado por la mediocridad y la estulticia (Cinco horas con Mario). EI primer quehacer del novelista, una vez elegido el tema es, pues, acertar con la fórmula, y el segundo, coger el tono. […] Resueltos estos problemas, la temperatura de creación –que algunos llamaron musa, e inspiración otros– no puede negársenos. En ese momento han de entrar en juego los recursos selectivos del novelista para eliminar lo accesorio. Quiero decir que una vez en posesión de la fórmula (técnica) y cogido el tono (estilo), lo difícil no es hacer una novela larga, una novela río, sino decir lo que queremos decir con el menor número de palabras posible.

Miguel Delibes: Un año de mi vida. Barcelona, Destino, 1972, pp. 97-98.


La novela no puede permanecer anclada en su antigua misión de entretener a la burguesía, pero yo pienso que mayor interés aún que los experimentos formales tienen las innovaciones de fondo. La novela, hoy, antes que divertir –para eso ya están el cine comercial y la televisión–, debe inquietar. Es, tal vez, el instrumento más directo de que disponemos para barrenar la oronda seguridad de una burguesía satisfecha.

Miguel Delibes: Un año de mi vida. Barcelona, Destino, 1972, p. 134.


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Nuestra misión consiste en criticar, molestar, denunciar, aguijonear al sistema de hoy y al de mañana porque todos los sistemas son susceptibles de perfeccionamiento, y esto, a mi ver, sólo puede hacerse desde una conciencia libre, sin vinculaciones políticas concretas.

Miguel Delibes: Un año de mi vida. Barcelona, Destino, 1972, p. 99.


La concepción delibesiana de la novela se basa en un frontal rechazo de la innovación por la innovación y en un pronunciamiento abierto a favor del relato que refiere una historia. Esa teoría la ha formulado de modo explícito en diferentes ocasiones, y tiene un ojo puesto en la forma y otro en el contenido para sostener que aquélla sólo tendrá sentido en función de éste. Veámoslo en sus propias palabras: “Me parece encomiable toda reivindicación de la forma novelesca siempre que tengamos en cuenta que esa forma, sea cual sea, hay que llenarla necesariamente con algo”; “Lo primordial en una novela es el qué se dice. El cómo, por sí solo, nunca podrá darnos una gran novela y, apurando un poco, ni siquiera una novela”. Delibes, pues, defiende una ficción que refiera sucesos. El lector, dice, sigue pidiendo un hombre, un paisaje y una pasión.

Santos Sanz Villanueva: “Hora actual de Miguel Delibes”, en Miguel Delibes. El escritor, la obra y el lector. Barcelona, Anthropos, 1992, p. 85.


Miguel Delibes es un novelista social en el sentido de Proust, de Tolstoi… Él se interesa por la psicología social antes que por las estructuras sociales. Por eso es tan importante para mí, no sólo como lector sino también como historiador. La novelística de Delibes es una fuente inagotable y riquísima de documentación histórica para reconstruir el pasado inmediato de este país. El periodo de posguerra, particularmente, y sobre todo en lo que se refiere a la burguesía de provincias.

No niego la importancia de las fuentes que manejamos los historiadores, pero las estadísticas, por ejemplo, son un esqueleto, un andamio. El historiador debe poner carne sobre ese esqueleto, y para ello, nada mejor que la novela. Cinco horas con Mario y Mi idolatrado hijo Sisí, por citar algunos títulos delibianos, reflejan mejor que cualquier informe aséptico la vida provinciana de posguerra en España. La historia auténtica está en cómo vive la gente, no en las cifras. Delibes deja al descubierto, con ironía -y haciendo buena literatura, eso por descontado- la esquizofrenia moral y la conducta imitativa y esnobista de la clase media incipiente del franquismo.

Raymond Carr: “La sociedad española de posguerra en la novelística de Miguel Delibes”, en El autor y su obra: Miguel Delibes. Actas de El Escorial. Madrid, Universidad Complutense, 1993, p. 69.


Dejando aparte su prodigioso dominio idiomático y su extraordinaria maestría narrativa, basada en una técnica cada vez más depurada y escueta, la aportación más trascendente y decisiva del gran novelista Miguel Delibes al actual panorama de las letras españolas es haber incorporado a la literatura una imagen auténtica de la vida cotidiana en los pueblos y aldeas de Castilla…

Miguel Delibes firmando ejemplares de sus libros. Feria del Libro de Madrid, 1990.

Miguel Delibes firmando ejemplares de sus libros. Feria del Libro de Madrid, 1990.

Antoni Vilanova, en Antonio Corral Castanedo: Retrato de Miguel Delibes. Madrid, Círculo de Lectores, 1995, p. 95.


En mis novelas, en mi afán por abarcar la totalidad de la región donde he nacido y vivo, no podía desdeñar ninguna de sus expresiones paisajísticas, y si en El camino rindo un emocionado homenaje a la Montaña, al Valle de Iguña, donde están mis raíces familiares, en Las ratas, La hoja roja, Diario de un cazador, La mortaja y Viejas historias de Castilla la Vieja, retrato la desnudez, los campos yermos de Valladolid, Palencia y Zamora, al norte del río Duero; y, finalmente, en Las guerras de nuestros antepasados, El disputado voto del señor Cayo, Parábola del náufrago, Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo y Mis amigas las truchas, existen prolijas descripciones de la bronca comarca intermedia, el norte de León, Palencia, Burgos y Soria, tal vez la parte de Castilla menos exaltada literariamente, aunque no la menos bella, donde los ingentes plegamientos y sus peculiaridades vegetales, que preludian las tierras del norte, se conjugan con el clima extremoso y los cielos hondos y azules propios de Castilla llana.

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Miguel Delibes: Castilla, lo castellano y los castellanos. Madrid, Espasa Calpe, 1995, p. 26.


La escritura narrativa de Miguel Delibes tiene una gran plasticidad: con la palabra “se ve”, se perciben las presencias humanas, los ambientes.

Eduardo Haro Tecglen, El País 28. 11. 1979.


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En mis novelas y relatos sobre Castilla, lo único que pretendo es llamar a las cosas por su nombre y saber el nombre de las cosas. Los que suelen acusarme de que hay un exceso de literatura en mis novelas se equivocan, y es que rara vez se han acercado a los pueblos. La tendencia a la precisión que me despertó la lectura del Garrigues se agudizó al tratar yo a las gentes de Castilla. Es decir, la propiedad con que definen sus problemas o la topografía que les circunda es inusual, infrecuente. Este lenguaje rural –porque no tiene que ver con el popular– sigue aún llamándome la atención.

Cuando yo escribo en mis libros aquel cabezo o aquel cotarro no significan la misma cosa. Esto es lo que saben los hombres del pueblo, pero no lo suelen saber los hombres de la ciudad. El cotarro, el teso, el cueto, no son el cabezo. EI cabezo es sencillamente el cueto; el cotarro, la colina que tiene una cresta de monte y monte de encina. Esto puede parecer preciosismo, pero es exactitud.

Miguel Delibes, en César Alonso de los Ríos: Conversaciones con Miguel Delibes. Madrid, Magisterio Español, 1971, pp. 183-185.


Lo característico de Delibes, lo que mejor revela su poética, es la novelización del punto de vista, la recreación, desde dentro, del sistema de valores y creencias de los personajes. Lo que, en palabras más llanas, quiere decir que Delibes, a su modo, hace novelas de personaje. […] La originalidad de Delibes estriba, en primer lugar, en el hecho de constituir al personaje en centro de sus novelas. […] Muchos personajes de Delibes son seres sencillos y de humilde extracción […] a quienes no les sucede nada digno de relieve. El Mochuelo se marcha al colegio, el Nini merodea por el pueblo, Lorenzo se casa y emigra, Carmen trabaja en el hogar, Quico se aburre. Lo que se narra es el conjunto de pequeñas incidencias que tienen lugar cada día, desprovistas de toda trascendencia épica. […] La máxima osadía de Delibes (es) trascender artísticamente lo ínfimo desde lo ínfimo. Es decir, dejando que desde ese sencillo personaje, al que nada digno de mención sucede, se narre la novela. […] Dato esencial para entender las más características novelas de Delibes es la perspectiva desde la cual se narran.

El relato en primera persona obedece a la fundamental necesidad de que el protagonista cuente lo que le sucede y nos muestre su visión del mundo. […] Sucede lo mismo en aquellas novelas en las que existe una especie de simulación de la primera persona, como en El camino, Las ratas o El príncipe destronado (en las que) no hay un personaje verosímilmente capacitado para gobernar el relato, por lo que el narrador en tercera persona debe venir a suplir esas incompatibilidades. Ya sabemos cómo se produce el milagro: en el lenguaje del narrador se filtra el de los personajes, que terminan por imponer su visión del universo. […] En las novelas de Delibes sucede que la perspectiva es uno de los ingredientes de la realidad.

Alfonso Rey: La originalidad novelística de Miguel Delibes. Universidad de Santiago de Compostela, 1975, pp. 259-275.


dropcap style=”book”]E[/dropcap]sta reflexión sobre la porosidad lingüística de Miguel Delibes nos lleva inesperadamente a la clave misma de su fórmula novelística, o, al menos, a lo que para mí es tal: una suerte de ventriloquismo literario, una fabulosa capacidad de “poner voces”. Delibes puede “poner voz” de niño de pueblo, de criada respondona, de señorita de provincias, de paleto castellano, con una eficacia que es su mayor virtud creadora a la hora de novelar. Este “poner voces” no se limita a reelaborar fielmente los diálogos del pueblo, sino que cuando el escritor habla por sí mismo en una novela, cuando describe o narra, lo hace también con un tono neutro, pero inequívoco, de cazurrería refranera que va muy bien con la dialéctica de los personajes y que se identifica con todos ellos en general, sin filiarse a ninguno en particular. […] Delibes no se limita a saturar de popularismo sus libros a través de los diálogos, sino que él mismo habla como un personaje más de la novela.

Francisco Umbral: Miguel Delibes. Madrid, Epesa, 1970, p. 63.


Si la compasión infunde a la obra entera de Miguel Delibes una densidad ética invariable, su arte podría definirse esencialmente como ritmo: captación de la melodía humana en la repetición y en la variación. Toda novela u obra narrativa que sea propiamente poética, y no meramente informadora, posee un ritmo que puede comprobarse en todos los niveles: frases, personajes, incidentes o situaciones, símbolos expansivos, temas entretejidos. Pero hay novelas y cuentos que diluyen o atenúan el ritmo, y otros que lo atensan y refuerzan. Las narraciones de Delibes pertenecen a esta última clase: se repiten palabras, frases, rasgos, situaciones, motivos, imágenes destinadas a marcar ciertos símbolos que entonan el texto y expanden los significados, y se repiten aspectos temáticos integrantes de un todo intencional.

Gonzalo Sobejano: Prólogo a La mortaja. Madrid, Cátedra, 1987, pp. 44-45.


Las mejores novelas de Miguel Delibes desprenden un fulgor casi doloroso, en el que la belleza del mundo natural y el desamparo de los inocentes son profanados con mucha frecuencia por la fatalidad que persigue a los que no tienen nada, por la brutalidad de los fuertes, por el cambio de los tiempos, que arrastra por igual lo mejor y lo peor […]. Lo que hay en las grandes novelas de Miguel Delibes no es costumbrismo sino observación meticulosa de las vidas humanas y de los trabajos y ensoñaciones de la gente común; un oído tan exacto para los nombres de las cosas, de los animales y las plantas, como para los matices del habla. […] Quizás no hay tarea más difícil para un novelista que la de mirar el mundo integralmente con los ojos de un personaje y la de dejar a un lado su propia voz y transmutar su escritura en una voz del todo ajena a él mismo. En la novela contemporánea española no hay miradas o voces más verdaderas que las de las criaturas inventadas de Miguel Delibes: un niño asustado por la cercanía de la edad adulta, una criada pobre, un bedel de instituto aficionado a la caza, un retrasado mental, un hombre viejo que va viendo aproximarse el final tedioso de la vida, una esposa provinciana comida por el rencor. En Los santos inocentes, el relato, el habla, el punto de vista, el interior de la conciencia, se funden y se transforman en un solo flujo narrativo, entrecortado de ritmos de poema en prosa.

Antonio Muñoz Molina: “Delibes, a lo lejos”, El País, 20. 03. 2010.

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