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Delibes, cazador

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La caza es un esparcimiento fundamentalmente dinámico. El morral hay que sudarlo. La cacería se monta sobre madrugones inclementes, ásperas caminatas, comidas frías en una naturaleza inhóspita, lluvias y escarchas despiadadas… Pero hay algo que compensa al cazador de tantas contrariedades. […] Una pieza en perspectiva basta para que toda molestia se disipe y se produzca en el cazador una profunda remoción psíquica. […] la caza, más que una afición, es una pasión. […]

La caza es un placer de ida y vuelta. Durante seis días de la semana el hombre se carga de razones para abandonar por unas horas los convencionalismos sociales, la rutina cotidiana, lo previsible. Al séptimo día, se satura de oxígeno y libertad, se enfrenta con lo imprevisto, experimenta la ilusión de crear su propia suerte… pero al mismo tiempo se fatiga, sufre de sed, de hambre o de frío… En una palabra, se carga de razones para abandonar su experiencia de primitivismo y regresar a su sede urbana, a su domesticidad confortable. El método es tan bueno como otro cualquiera para sobrellevar la vida; o, quizá, mejor que otro cualquiera.

Miguel Delibes: Prólogo a El libro de la caza menor. Barcelona, Destino, 1964, pp. 10-11 y 17.


Delibes, hombre metódico hasta límites insospechados, ha tenido el humor y la paciencia, a lo largo de medio siglo, de anotar en unas pequeñas libretas, con letra primorosa, todas sus excursiones de caza, y en ellas no hay datos anteriores a 1949, seguramente porque las salidas fueron excepcionales. Algo tendrían que ver también en ello la absorbente preparación de las oposiciones a catedrático de Derecho Mercantil, su prolongado noviazgo con Ángeles, su boda y la llegada de los primeros hijos.

De nuevo los apuntes inéditos de las libretas, pero también, indirectamente, el testimonio de Lorenzo, el protagonista de Diario de un cazador (pues, como alguna vez se ha dicho, se trata de un álter ego rebajado del propio Delibes), revelan que la afición cinegética había regresado a su querencia en la década siguiente. Desde entonces los escritos sobre caza y pesca, estos últimos mucho más esporádicos, no han dejado de fluir naturalmente de su pluma hasta formar esta importante gavilla de páginas […] que reúne nada menos que ocho libros y dos trabajos menores aparecidos entre 1963 y 1996. […] Unas obras que analizan el fenómeno de la caza desde ópticas distintas -de la motivación del acto cinegético a las normativas que regulan su práctica, y del análisis de las diversas modalidades de caza a las experiencias diarias del autor- y que, en cuanto a creación, como Delibes ha reconocido, constituyen, por su espontaneidad, una liberación de los condicionamientos que rigen el resto de su actividad literaria, hecho sin duda determinante para que el autor optara por definirse antes como un cazador que escribe que como un escritor que caza.

Germán Delibes de Castro: “Cuatro décadas de caza con mi padre”, Prólogo a Miguel Delibes: Obras Completas, V. El cazador. Barcelona, Destino-Círculo de Lectores, 2009, pp. X-XI


Miguel dice que ama la caza menor. Que los grandes animales, con su mirada casi inteligente, nunca han sido para él pieza venatoria. Pienso que, en realidad, la caza es un aspecto más en su implantación campesina, que no debemos sobrevalorar. Él es en el fondo un paseante del campo, meditador peripatético que se sirve de la escopeta para andar y andar, enfrascado en sus cavilaciones. “No puedo meditar sino andando -afirma, elevando a lema unas palabras de Las confesiones de J.J. Rousseau-; tan luego como me detengo, no medito más; mi cabeza anda al compás de mis pies”. El novelista es un vagabundo que, escopeta en mano, recorre contemplativamente los campos. La caza -regulada, por otra parte, por un código que tiene tanto de ético como de estético- es un incentivo más en su búsqueda de la naturaleza: “Nunca había estado en los meandros de Villavieja -dice reveladoramente-, pero es un verdadero espectáculo. El río se ensancha allí y corre el agua tan mansa que parece un lago. En la ribera crecen olmos y alisos gigantescos y los tamarindos están tan prietos que apenas si entra el sol. Las tórtolas y las palomas bajan a beber a la islilla de arena que se forma en el centro del río… Cruzó un martín pescador como una centella, le solté los dos tiros, pero ni le toqué. El condenado llevaba un pececillo en el pico. Luego sentí el aleteo de una torcaz y la tía se fue a posar justamente en la punta de un aliso, frente a mi puesto. Aguardé con mi santa paciencia, y cuando se tiró a beber a la isla la sacudí en forma. La zorra de ella no dijo ni pío”. He aquí un cazador que ve el campo como un espectáculo, siente el paisaje con sensibilidad que recuerda a Virgilio, Garcilaso o fray Luis de León, y no sufre demasiado por marrar un tiro o volver sin pieza. Más que un cazador convencional parece un sacerdote de novela pastoril que oficia en el templo de la naturaleza un pagano rito sacrificial.

Cristóbal Cuevas: “Discurso inaugural”, en Miguel Delibes. El escritor, la obra y el lector. Barcelona, Anthropos, 1992, p. 9.


No es ningún secreto que la caza que apasiona a Delibes es la caza de la perdiz roja, auténtica pieza reina y objetivo número uno de nuestras excursiones dominicales. […] El resto de las piezas que cada jornada procuramos acular en el morral son casi meros complementos. […] El mismo carácter accidental (que los gazapos y las liebres) tiene en nuestras perchas una pieza tan noble y codiciada como la chocha […].

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A esto, más la codorniz en verano, se reduce la caza de Delibes, cuyos gustos cinegéticos […] coinciden con los del más modesto cazador lugareño de Castilla. Alguna vez oí decir a los amigos del Club de Cazadores Alcyón, en el que hacia 1965 ingresó Miguel Delibes: “¡Qué bien escribe de caza pero qué pocas formas de cazar conoce!”. En realidad, sí conocía más, pero sólo se sentía auténticamente cautivado por la caza más primitiva, por aquella en la que el cazador ha de hacerlo todo, buscar la pieza, levantarla, cazarla, derribarla y cobrarla. “El cazador a rabo, en mano, al salto, en guerra galana; he aquí el cazador de perdices”, reivindica en El libro de la caza menor. Una caza en mano que para disparar la escopeta y cobrar algún pájaro, a diferencia del ojeo, exige fatigarse y acertar con una estrategia en la que colabora toda una cuadrilla. Una caza, por otra parte, que no termina con el disparo, puesto que la cobra de la pieza, su examen, la ceremonia de depositarla en el morral o de colgarla en la percha siguen siendo pequeños placeres a los que el cazador-cazador no renuncia ni delega en las manos mercenarias de un secretario. Y una caza inconcebible, también, sin la satisfacción de ver convertido el botín en suculencia gastronómica.

Germán Delibes de Castro: “Cuatro décadas de caza con mi padre”, Prólogo a Miguel Delibes: Obras Completas, V. El cazador. Barcelona, Destino-Círculo de Lectores, 2009, pp. XIII-XV.


Miguel Delibes y su hijo Germán con su perro Grin. Quintanilla de Abajo (Valladolid), 1979.

Miguel Delibes y su hijo Germán con su perro Grin. Quintanilla de Abajo (Valladolid), 1979.

Amo la naturaleza porque soy un cazador. Soy un cazador porque amo la naturaleza. Son las dos cosas. Además, no sólo soy un cazador, soy proteccionista; miro con simpatía todo lo que sea proteger a las especies. Dicen que eso es contradictorio, pero si yo protejo las perdices tendré perdices para cazar en otoño. Si no las protejo me quedaré sin ellas, que es lo que nos está pasando. De manera que no hay ninguna contradicción. Por otra parte, yo no soy ningún cazador ciego, pendiente del morral o de la percha, sino que me gusta disfrutar del campo, ver amanecer, ponerse el sol, ver el rojo en las matas… y si además cazo un par de perdices y me las como al martes siguiente, pues tan contentos. Pero no mido la diversión ni el placer por el número de piezas.

Miguel Delibes: fragmentos de entrevistas, en República de las Letras, núm. 117, junio 2010, p.10.


A los setenta y dos años, con medio centenar de títulos en el morral, al escritor le da por mirar atrás. Es, sin duda, consciente de este complejo de Lot cuyas consecuencias él quiere trivializar con humor en El último coto: “El episodio de la historia de Lot cobra para mí sentido si pienso en el lumbago. Yo también me convertí en estatua de sal al salir de la bañera el jueves pasado y tratar de atrapar un calcetín desmayado en el suelo”.

Tal tendencia a la revisión melancólica podría ser dramática para este temperamento depresivo y pesimista si no fuera porque la compensa con largas caminatas urbanas y con jornadas, ya para él agotadoras, de caza. Aunque hace años se le han ido “aburguesando” las piernas y se le han aflojado los bofes, ha seguido doblegando patirrojas por las laderas castellanas. El título, no obstante, de su más reciente libro –El último coto– alude a una inevitable despedida. No seré yo quien se lo crea. Pienso que el Cazador morirá con las botas puestas. De hecho, entre la fecha del prólogo –en el que nos amenaza con la retirada de la caza– y la del último relato titulado “La despedida” han pasado cinco años: de 1986 a 1991. Y sigue saliendo a la busca de lo que sea, la paloma torcaz de alto vuelo, la codorniz de carnes finas… Para Delibes su decadencia física coincide con la irremediable extinción de la perdiz silvestre, signo de peores y más graves deterioros.

El hecho es que si Delibes decidiera poner fin a sesenta años de correrías cinegéticas se acabaría también esa serie de libros de escritura precisa, bellos, clásicos, cuya entrega postrera es El último coto, obra cimera de una línea de trabajo que comenzó de forma novelada con Diario de un cazador y en forma de crónica con La caza de la perdiz roja. (Unas mil páginas que bastarían para considerar a Delibes escritor de excepción.)

Texto invernal, se describen en él paisajes entumidos y madrugadas de nieblas meonas (“niebla densa y húmeda que al congelarse en el aire, deja los campos albos como después de una nevada”), texto con alegrías breves como la que proporciona el sol que al fin se abre paso sobre los páramos castellanos o la alegría de una buena percha. “¡A la vejez viruelas!”, escribe en su diario el 13-XI-88. “He conseguido para el morral comunitario cinco patirrojas, liebre y conejo… Resumen: todavía las mato. Lo que no quiere decir que derribe todas las perdices que tiro en condiciones. Ayer corté las que me salieron al paso, nada más. Las encampanadas que llegaban como exhalaciones de lo alto de la ladera o las sesgadas con el viento de popa, me torearon. La vejez, o sus inicios, se conoce en eso”.

César Alonso de los Ríos: Introducción a Conversaciones con Miguel Delibes. Barcelona, Destino, 1993, pp. 11-13.


Delibes era cazador, muy cazador […] pero era un cazador escrupuloso, atento a la conservación de las especies -cinegéticas y no cinegéticas-; preocupado por la transformación del agro y sus repercusiones sobre la naturaleza; intolerante ante la industrialización de la caza; crítico con el furtivismo, los excesos venatorios y otros desmanes, y, en todos estos sentidos, un incansable pedagogo para el conjunto de los cazadores españoles. Ello es evidente en libros como La caza de la perdiz roja, El último coto, Con la escopeta al hombro, Mi vida al aire libre, La caza en España y tantos otros. Probablemente nadie haya hecho tanto para acercar los dos mundos tantas veces antagónicos de la caza y la conservación de la naturaleza, y sólo esto merecería ya nuestro reconocimiento.

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Eduardo de Juana: “El credo de Miguel Delibes”, en Aves y naturaleza. Revista de la Sociedad Española de Ornitología, núm. 3, Verano 2010, p. 32.


A mí este dato de la aceptación de la literatura cinegética de Delibes siempre me ha llamado la atención. […] En mi caso […] la caza me resulta una actividad del todo alejada de mis inquietudes, e, incluso, si algún sentimiento tengo hacia ese mal llamado deporte es de hostilidad. Sin embargo, he leído todas esas obras delibesianas con atención y con complacencia. Nunca me han convencido los argumentos conservacionistas de Delibes a favor de la caza, pero sus libros en que persigue patirrojas, conejos y liebres figuran entre los que de vez en cuando releo. Descartado el asunto de la caza, otros factores existirán que los hagan atractivos.

En primer lugar, me parece, nos atrae un acento de sinceridad autoconfesional que nos permite sustituir, mediante el conjunto de esos títulos, la autobiografía de un hombre que ha vivido alerta las peripecias de nuestro tiempo, del que tiene algo personal y puesto en razón que decirnos. No nos ofrece relatos fríos, asépticos o hiperbólicos […] de la actividad cinegética, pues siempre se deslizan en medio de la narración de una paseata vivencias íntimas del relator, emociones provocadas por un paisaje o por una anécdota. Sin ternurismos ni presunción, el ser humano que esconde el cazador se filtra constantemente. Por eso acertó al definirse como un cazador que escribe. Parece que no hace literatura, pero la literatura, en estos libros, está en ese decir sencillo y entrañado […]

La razón por la que nos agarran, con independencia de sus temas, procede de lo que todo el mundo aprecia como una de las grandes aportaciones del vallisoletano, un castellano limpio, sencillo, expresivo y rico […], una lengua común […] que el escritor rescata […] porque gusta del decir exacto y preciso, del designar riguroso a cada cosa por el nombre que la distingue.

[…] Esa afectividad y sencillez desde la que habla Delibes, el castellano puro y vivo que utiliza constituyen puntales de sus libros cronísticos y testimoniales. Pero todo ello está puesto al servicio de una muy precisa concepción de la literatura como comunicación, como transmisión directa de una experiencia personal. Y ahí está, me parece, el origen del éxito de su literatura, en ese decir próximo y entrañable que la mayor parte de los lectores aceptan como una expresión vivencial auténtica.

Santos Sanz Villanueva: “Un decir próximo y entrañable”, en Las constantes de Delibes. Premio Cervantes 1993. Diputación de Valladolid-Fundación Municipal de Cultura, 1995, pp. 42-43.

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